viernes, 25 de julio de 2014

Día 17 (23 de julio)

Hoy madrugué con cámara en mano frente al paisaje onírico que nos acompaña siempre en el rancho: era una de las últimas escenas que forman  parte de nuestro proyecto final en el Taller de Acción Creativa (cine). Pensé en cuántos humanos a lo largo de la historia habían visto un amanecer, yo lo había visto con una cámara arriba de mi hombro. He aprendido y desarrollado habilidades importantes en las últimas semanas y especialmente en cine me he llevado grandes impresiones a la hora de entenderlo y producirlo. No volveré a ver una película igual. Luego de largas sesiones con cámara junto al equipo en el desierto seco guanajuatense y en nuestra sede, el día de hoy nos encaminamos hacia los salones donde empezaría el Taller de Participación Ciudadana. Primero estudiamos el concepto de política que mayormente y por desgracia a los mexicanos nos remite a corrupción, clientelismo, negocio, impunidad… sin embargo pensar en la definición formal es una tarea complicada: ¿sólo existe la política en un régimen democrático? ¿Hay política fuera de nuestra política? Preguntas como estas se hicieron en el debate que se entabló entre participantes y facilitadores (las opiniones fueron magníficas). La política, pues, se esconde en cada uno de los rincones de nuestra sociedad; es creada y reproducida por nosotros en nuestras relaciones y discursos. 

Después, para no marearnos en las abstracciones y aguas turbias alrededor de la mencionada palabra, vimos una clasificación de las diferentes corrientes ideológicas en las que se puede encauzar el poder político; por el ala de la derecha: conservadurismo y autoritarismo, y por el ala de la izquierda: socialismo y liberalismo. Tras la explicación de cada corriente me resultó difícil sentirme identificado (como lo inquiría la pregunta del facilitador) con alguna de ellas ya que históricamente (hasta donde sé) han fracasado todas y además por supuesto en situaciones concretas se trata de asuntos más complejos en los que una o varias corrientes convergen y resultan en cosas muy extrañas, como México el PRI. Después, luego de responder 20 preguntas de opción múltiple, y como un test que suma puntos, se nos dieron resultados acerca de qué tanto simpatizamos con las corrientes mencionadas. A pesar de que nunca me han parecido del todo correctos, me pareció interesante el ejercicio para conocer algo de las opiniones de mis compañeros, al parecer éramos socialistas o totalitarios; claro, no hay que olvidar en comparación con liberalismo (que en el test, más bien parecía una especie de darwinismo social) y el conservadurismo. 

Tomamos un descanso, aproveché y me compré unos cacahuates para concentrarme mejor en el siguiente tema: el poder. Quizás es uno de los conceptos que más me interesa ya que  considero que se encuentra intrincado en todas las relaciones sociales; del padre al hijo; de la escuela a la familia; del gobierno a las instituciones. Sin embargo, en el taller nos dio apenas para mirar el poder que se ejerce a niveles concretos: económico, político, ideológico y ciudadano.  Aprendimos que cada uno de ellos actúa sobre los demás y que nunca del todo es uno el que predomina; aunque a manera personal, y esto se los confieso, considero que el poder ideológico es el que resulta más penetrante y peligroso ya que se halla en los niveles más pequeños que se pueden imaginar: desde la alcoba hasta el escritorio presidencial. La charla nos hizo dar cuenta de cómo actúa el poder de manera concisa y contextual cuando los facilitadores nos entregaron dos discursos ideológicos diferentes acerca del consabido ¨Pacto por México”: uno era de la página oficial y otro de la revista Proceso. Como podrá esperar el lector, el discurso institucional se caracteriza por todo tipo de estrategias lingüísticas dignas del maquillista más astuto: abstracciones y letra muerta; por otro lado, el de proceso, con su crítica aguda se encargó de develar las relaciones entre los políticos que fueron parte de dicho pacto, alumbrando la falta de democracia y la estrategia política que estaba detrás. 

Los talleres de participación ciudadana no pueden estar mejores: los debates, las opiniones, las discusiones y el aprendizaje es infinito. Jamás podré estar más agradecido con mis compañeros y facilitadores por esta gran experiencia que no sólo se orienta a la parte intelectual, sino a la pragmática: al cambio. 

Braulio Güémez Graniel (Mérida, Yucatán) 

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